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Tu empresa ya sabe qué está mal, pero nada cambia. Por qué el conocimiento no es suficiente para el cambio organizacional

 

Ya sabes qué está fallando en tu compañía. Lo sabes con bastante precisión, probablemente desde hace meses. Puedes describirlo en una junta, tienes los datos, quizás hasta hay consenso en el equipo directivo sobre el diagnóstico.

Y aun así, cuando volteas a ver los resultados, el problema sigue ahí.

Esta es una de las paradojas más frecuentes del cambio organizacional: las empresas pueden diagnosticar con precisión lo que falla y, aun así, ser incapaces de modificar el sistema que lo produce, y es que confunden claridad con capacidad de cambio. Saber qué está mal y poder modificar el sistema que lo produce son dos habilidades completamente distintas, y la mayoría de las empresas solo ha desarrollado la primera.

Ahí aparece la brecha real. No es intelectual, es estructural. Comprender un problema no modifica automáticamente las reglas, incentivos y dinámicas que lo producen. Traducir aprendizaje en rediseño organizacional exige otro tipo de capacidad, una que va más allá del análisis.

Aquí es donde entra la capacidad adaptativa, esa habilidad organizacional de detectar señales relevantes del entorno o de su propia operación, interpretarlas con rigor y convertir esa comprensión en ajustes concretos en su arquitectura interna. Es la facultad de modificar reglas, procesos, incentivos y criterios de decisión a partir de lo aprendido. 

Una empresa puede producir insights con enorme sofisticación y, aun así, carecer de esta capacidad. Cuando eso ocurre, el conocimiento circula, pero no altera comportamientos. La organización entiende más, pero no se reconfigura.

Y es que las organizaciones contemporáneas acumulan conocimiento con gran disciplina, en parte porque esa acumulación les ofrece una sensación de control frente a la complejidad. Documentar, analizar y sistematizar produce la impresión de estar anticipando el futuro. Reportes de consultoría, análisis de mercado, estudios de benchmarking, capacitaciones completadas, repositorios digitales con cientos de documentos. El capital intelectual parece crecer año con año.

Sin embargo, buena parte de ese conocimiento permanece inerte, porque no está conectado a mecanismos que alteren comportamiento organizacional.

En términos contables, es inventario. Ocupa espacio, requiere mantenimiento, genera la sensación de estar preparados. Pero no produce flujo. La ilusión es peligrosa porque confunde acumulación con capacidad. Se asume que “ya sabemos qué pasa”, y ese saber se convierte en una forma de tranquilidad estratégica. Pero el sistema —las reglas que rigen decisiones, incentivos y asignación de recursos— permanece intacto.

 

La espiral incompleta del conocimiento

 

En 1995, Ikujiro Nonaka, profesor emérito de la Hitotsubashi University y una de las figuras más influyentes en teoría organizacional japonesa, junto con Hirotaka Takeuchi, académico y posteriormente profesor en Harvard Business School, publicaron The Knowledge-Creating Company, una obra que transformó la conversación global sobre cómo las empresas generan conocimiento y por qué algunas logran convertirlo en ventaja sostenida mientras otras simplemente lo acumulan.

La tesis central del libro es profundamente contraintuitiva para muchas culturas organizacionales occidentales: el conocimiento más valioso de una empresa no es el que está documentado, sino el que está encarnado en las personas. No comienza en los manuales ni en las bases de datos, sino en la experiencia vivida, en la intuición profesional y en la capacidad de percibir matices que todavía no pueden formularse con claridad.

Takeuchi ha explicado en distintas ocasiones que, para el pensamiento occidental tradicional, el conocimiento suele asociarse con aquello que puede explicarse, medirse y escribirse, por lo tanto, lo que no puede codificarse parece menos legítimo. En contraste, la tradición japonesa —influida por una visión más integradora entre mente, cuerpo y práctica— reconoce que gran parte del saber humano es tácito y se manifiesta en la acción antes de poder traducirse en palabras.

El conocimiento tácito es ese saber que un líder experimentado aplica al leer una sala antes de tomar una decisión, la sensibilidad de un consultor para identificar el verdadero problema detrás de una solicitud formal, la habilidad de un equipo para coordinarse sin instrucciones explícitas porque ha trabajado junto durante años. Es conocimiento incorporado en la práctica. No siempre puede describirse con precisión, pero guía decisiones reales.

La propuesta de Nonaka y Takeuchi fue mostrar que las organizaciones innovadoras tratan el conocimiento como un proceso vivo que se mueve constantemente entre lo tácito y lo explícito. A ese movimiento lo describieron como una espiral.

 

Así comienza esta espiral de conocimiento

 

La espiral comienza cuando el conocimiento tácito se comparte directamente entre personas (Socialización: tácito a tácito). Esto ocurre en espacios de mentoría, en la observación cercana del trabajo de alguien con mayor dominio, en conversaciones informales después de una reunión compleja, en el acompañamiento durante un proyecto crítico. En esta fase no hay todavía manuales ni protocolos pero hay experiencia transmitida a través de la interacción y la práctica compartida.

En un segundo momento, parte de esa experiencia comienza a formularse (Externalización: tácito a explícito). Lo que antes era intuición empieza a tomar forma conceptual. Se crean manuales, se documentan procesos, se escriben guías internas, se diseñan modelos que intentan capturar aquello que funcionó. El conocimiento se vuelve explícito, comunicable, susceptible de ser discutido y perfeccionado colectivamente.

Después, esos documentos y modelos se combinan entre sí (Combinación: explícito a explícito). Un proceso documentado se integra con métricas de desempeño, con aprendizajes de otros equipos, con análisis de mercado. Se intercambian archivos, se celebran reuniones para alinear criterios, se consolidan presentaciones ejecutivas que sintetizan múltiples fuentes. La organización reorganiza su conocimiento explícito para hacerlo más complejo y estructurado.

La espiral se completa cuando ese conocimiento documentado deja de existir únicamente en carpetas compartidas y empieza a incorporarse en la práctica cotidiana (Internalización: explícito a tácito). Las personas aprenden haciendo. Ajustan su manera de decidir a partir del nuevo marco conceptual. Modifican la ejecución de un proceso porque ahora comprenden mejor su lógica. Lo explícito vuelve a convertirse en tácito, pero ya enriquecido. Se integra en rutinas, en criterios implícitos y en la forma concreta en que la organización opera.

 

La espiral que nunca termina

 

Nonaka y Takeuchi describen este movimiento como una espiral porque no termina en un ciclo cerrado. Cada vez que el conocimiento explícito se interioriza en la práctica, se genera una nueva base de experiencia desde la cual puede comenzar otro proceso de aprendizaje, más sofisticado que el anterior. Así es como las organizaciones innovadoras profundizan su capacidad de adaptación con el tiempo.

El vínculo con la capacidad adaptativa aparece con claridad en este punto. Una empresa puede producir documentos impecables y diagnósticos brillantes, pero si el conocimiento no atraviesa todas las fases de la espiral hasta modificar comportamiento organizacional, la estructura permanece esencialmente igual. Cuando la interiorización ocurre, el sistema se transforma desde dentro; cuando no ocurre, el aprendizaje se queda en la superficie.

En muchas organizaciones, la espiral se interrumpe en la etapa de combinación. Los manuales existen. Los procesos están documentados. Las presentaciones sintetizan hallazgos con precisión. Sin embargo, las rutinas no cambian, los incentivos no se ajustan y los criterios de decisión permanecen intactos. La organización puede hablar con mayor sofisticación sobre sus problemas, pero continúa respondiendo a ellos con los mismos patrones.

El modelo de Nonaka y Takeuchi ayuda a entender por qué muchos procesos de cambio organizacional se quedan en la fase de documentación y no alcanzan la interiorización.

La consecuencia es que se acumula comprensión sin alterar estructura. Y cuando el aprendizaje no logra atravesar esa última frontera, la capacidad adaptativa se debilita, porque la empresa aprende pero no desarrolla la capacidad de cambiar.

 

La tecnología acelera la producción, no garantiza la transformación

 

La llegada de herramientas de inteligencia artificial generativa —como ChatGPT— no creó un problema nuevo sino que, en algunos casos, intensificó uno que ya existía. Muchas organizaciones llevaban años invirtiendo enormes recursos en producir más documentos, más análisis y más reportes bajo la premisa implícita de que más información equivale a más conocimiento.

Hoy esa capacidad se ha multiplicado. Comparativos estratégicos, escenarios alternativos, resúmenes ejecutivos o diagnósticos preliminares pueden generarse en cuestión de minutos. Lo que antes requería equipos completos y semanas de trabajo ahora puede producirse casi de inmediato.

El efecto organizacional de esta aceleración es ambiguo. Aumenta la velocidad del aprendizaje explícito, pero no necesariamente incrementa la capacidad de cambio. De hecho, puede reforzar la ilusión de avance: cuanto más análisis se produce, más sensación de progreso se genera, aunque la estructura permanezca intacta.

Este cambio impacta directamente una de las fases del modelo SECI desarrollado por Ikujiro Nonaka y Hirotaka Takeuchi: la combinación, el momento en que se integran datos, documentos e ideas existentes para generar nuevas síntesis. Es precisamente esa etapa la que la inteligencia artificial acelera con mayor claridad. La tecnología puede reunir información dispersa, reorganizarla y presentarla en nuevos formatos con una velocidad inédita.

Ante este escenario, algunos investigadores han comenzado a replantear la teoría clásica de creación de conocimiento. En un artículo publicado en la revista académica VINE Journal of Information and Knowledge Management Systems, Karsten Böhm y Susanne Durst proponen una versión ampliada del modelo que incorpora explícitamente la participación de sistemas generativos. A esta evolución la denominan GRAI.

Su argumento es que la creación de conocimiento organizacional ya no ocurre exclusivamente entre personas, sino que los sistemas generativos pueden intervenir activamente en el proceso, ya que no solo almacenan información sino que participan en conversaciones, estructuran ideas, sintetizan grandes volúmenes de contenido y producen nuevas formulaciones a partir de lo existente.

La dinámica se vuelve humano-máquina. La tecnología amplifica la capacidad de producir y reorganizar conocimiento explícito aunque la dirección estratégica, los criterios de validación y las decisiones finales siguen siendo responsabilidad humana.

La organización puede explorar más escenarios, contrastar más variables y producir más insights en menos tiempo. Pero acelerar la producción no resuelve el problema central que Nonaka y Takeuchi habían señalado: el conocimiento solo transforma cuando modifica comportamientos reales.

La tecnología amplifica la comprensión, pero es importante que las empresas entiendan que no altera por sí misma reglas de decisión, estructuras de poder ni sistemas de incentivos. En términos de modelo SECI, puede multiplicar la fase de combinación, pero no garantiza la interiorización.

La institucionalización —el momento en que el aprendizaje cambia rutinas y criterios operativos— sigue siendo un desafío organizacional, no tecnológico. Si esa transición no ocurre, la espiral puede volverse más rápida, pero no necesariamente más profunda.

 

Cuando el sistema sí se modifica

 

¿Qué ocurre cuando el aprendizaje logra institucionalizarse? Existe un caso documentado en el que una firma de consultoría redujo el tiempo de onboarding de nuevos consultores de 18 meses a 8 semanas. A primera vista, el resultado parece extraordinario. Lo relevante, sin embargo, no es la cifra sino el mecanismo que la hizo posible.

La organización contaba con experiencia acumulada, talento senior y materiales de formación suficientes, así que el problema no era la ausencia de saber, sino la forma en que ese saber se activaba y transfería.

La intervención se centró en rediseñar el sistema: se estructuró una metodología clara de transferencia, se identificaron momentos críticos para la exposición temprana a proyectos reales, se formalizaron criterios de evaluación y se ajustaron las expectativas de desempeño desde el inicio. 

De esta manera, el conocimiento dejó de depender de la transmisión informal y pasó a estar respaldado por una arquitectura establecida que permitía que cualquiera pudiera adquirir e implementar ese conocimiento si seguía el proceso que ya había sido previamente documentado. 

Este caso revela que el activo organizacional no es el volumen de información acumulada, sino la capacidad de convertirla en comportamiento consistente y repetible.

El cambio organizacional ocurre cuando rediseñamos las reglas que gobiernan decisiones y comportamientos. Si tu empresa entiende con claridad lo que debe cambiar y aun así nada cambia, el problema no es de diagnóstico; es de diseño.

La pregunta relevante es qué parte del sistema estamos dispuestos a modificar para que ese conocimiento tenga consecuencias reales.

 

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