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La película

Ideas siempre habrá, más en un México al que le sobra ingenio, todo se arregla y siempre se puede volver a intentar. En lo que nos estamos saboteando es la capacidad de imaginar y estos días de mundial dan cuenta de ello en el ánimo social. Lo que he aprendido de escuchar muchos comentarios cruzados es que lo que más daño nos hace a la capacidad de crecimiento no es la falta de ideas ni de herramientas para explorarlas. Es la presión por demostrar resultados en el corto plazo. La paciencia y tolerancia no es nuestro fuerte. En términos de empresas, si una apuesta no muestra retorno rápido, se pospone. Si se pospone dos trimestres, se cancela. Si se cancela, y alguien más la ejecuta, el análisis interno concluye que era una buena idea que se exploró tarde. Sin reconocer que ese «tarde» fue porque el sistema no le dio espacio para madurar. Nos obsesionamos con la foto y no tenemos la paciencia de saber editar la película.

Estamos muy atentos a los grandes anuncios de las tecnológicas o de las startups, esos proyectos que tanto resuenan, si los observamos con atención, son empresas muy jóvenes. Nuestros ejemplos nacionales que hoy son referentes globales no se construyeron en ciclos así. FEMSA empezó en 1890 como una cervecería con 70 obreros y una fábrica de hielo en Monterrey. OXXO nació 88 años después como una extensión para vender esa misma cerveza y tardó 30 años en convertirse en la cadena de conveniencia más grande de América Latina. La diversificación hacia producir y distribuir Coca-Cola, logística, farmacias y ahora servicios financieros digitales con Spin se fue construyendo capa sobre capa, cada una desde la experiencia acumulada del ciclo anterior. Bimbo arrancó en 1945 como una panadería, tardó 20 años en crear Marinela y Barcel, 45 en hacer su primera adquisición internacional, y hoy opera en más de treinta países con más de cien marcas. La distribución que perfeccionó vendiendo pan durante décadas es la capacidad que después le permitió integrar confitería, botanas y panificadoras en tres continentes.

En ninguno de esos casos, el resultado aislado de un trimestre o un par de años habría justificado la apuesta de crecimiento. La foto de cualquier ciclo intermedio habría mostrado inversión sin retorno claro, un proyecto que consume recursos sin demostrar impacto medible. Si los hubieran evaluado con la lógica con la que se miden los retornos al día de hoy, los habrían cancelado.

Lo que hicieron fue sostener apuestas que solo tenían sentido en la película completa; acumulación de conocimiento operativo, de relaciones con el mercado, de errores que calibraron la dirección. Eso aparece veinte o treinta años después, cuando la capacidad que construiste te permite hacer algo que nadie más puede decodificar porque nadie más invirtió ese tiempo colectando evidencias y construyendo la capacidad de adaptarlas al entorno y formando un concepto original.

Esto me deja la idea de que hay que pasar el modelo de horizontes -proyectos centrales, emergentes e ideas por explorar- y potenciar con lo que la IA permite organizando ahora por tipo de riesgo. Lo que detiene a las ideas no es cómo se les prioriza sino cuánta paciencia se les da antes de exigirles que demuestren el efecto exponencial. La diferenciación no se sostiene desde una fórmula que no cambia en el tiempo, sino que se adapta frecuentemente y permite que unos aspectos se consoliden, otros se desechen y otros empiecen a tener espacio para experimentarse.

Los ejemplos de nuestras empresas centenarias lo demuestran: capacidades acumuladas que tomaron mucho tiempo en formarse. OXXO no fue una apuesta aislada que FEMSA lanzó al mercado. Fue la evolución natural de una capacidad logística y comercial que llevaba décadas madurando. La ventaja transitoria fue la forma en que capturó valor; lo que la sostuvo fue lo acumulado.

Si buscamos que algo dure, hay que estructurarlo para ello. La biología y la historia demuestran que evolucionar toma plazos largos porque los rompimientos que se requieren son las lecciones que lo permiten. Las que vienen de haber operado, de haberse equivocado, de haber corregido sin que nadie lo aplaudiera porque todavía no se veía el resultado, porque el momento no se programa, se reconoce. Y solo lo reconoce quien acumuló el criterio para verlo.

La IA debería, en teoría, darle más espacio a la exploración. Puede comprimir el análisis, simular escenarios, prototipar soluciones. Pero lo que veo es que refuerza la tentación de lo inmediato: si puedes mostrar resultados rápidos con la herramienta, la presión por monetizar en corto plazo se intensifica. ¿Para qué sostener una apuesta que tarda si puedo mostrar algo este trimestre? Obstinarnos en la inmediatez va a producir ventajas visibles en la foto pero incapaces de sostener la película.

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