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Presencia

Hace poco una amiga me contó que se inscribió a un curso de cerámica. No tiene intención de cambiar de profesión y menos de vender lo que resulte, lo que quería era meter las manos en algo que la ayudara a concentrarse, a sentir el material responder al movimiento, dedicar dos horas a una sola cosa sin que el teléfono la interrumpiera.

Hay una creciente oferta de cursos de oficios manuales: marroquería, cerámica, tejido, carpintería, encuadernación, panadería artesanal, apicultura -siempre hay que salvar a las abejas- temas así están creciendo como no lo hacían en décadas y no es por preservar la algún arte. Algo se está vaciando en la forma en que trabajamos, en que vivimos y esa búsqueda de lo físico desde lo manual, de lo que requiere estar presente, es el intento de recuperarl.

La capacidad de estar plenamente en lo que hacemos.

Mihaly Csikszentmihalyi, un psicólogo americano, le denominó Flow; el estado en el que una persona se sumerge completamente en una actividad que le desafía; la conciencia se funde con la acción. No hay distracción, no hay separación entre quien hace y lo que se hace. Lo documentó analizando a cirujanos, músicos, escaladores, artesanos, programadores. Y lo que encontró es que ese estado se produce desde el esfuerzo sostenido por algo que importa y que ofrece retroalimentación inmediata. La cerámica lo produce. Cocinar lo produce. Reparar algo con las manos lo produce. En ese estado el cerebro integra información de formas que no ocurren en la atención superficial, conecta patrones que la mente dispersa no alcanza a ver, forma lo que después experimentamos como intuición. Lo que mi amiga describió como dos horas de atención que no había sentido en años es también dos horas de aprendizaje profundo que ninguna pantalla le iba a dar.

El estado mental que demanda un alto desempeño -en atletas, fuerzas especiales, equipos de innovación- depende de una conciencia que se activa bajo condiciones específicas: riesgo real, complejidad, novedad, inmersión completa en la solución. Es estar completamente adentro de lo que haces porque lo que haces es lo único que importa y porque en ese momento no lo puede hacer nadie más por ti. La capacidad reflexiva que produce intuición se desarrolla en la práctica de la inmersión, de haber superado la resistencia, de haber ajustado en tiempo real porque la situación lo exigía. Cada vez que delegas algo complejo, reduces tu exposición a esa complejidad. Y cada vez que reduces la complejidad a la que te expones, reduces las condiciones que producen alto desempeño. Es un ciclo que se retroalimenta.

Estudiando en estos temas aprendí un nuevo concepto: la desinvención. Cuando una habilidad deja de practicarse, no solo se abandona; se olvida. Y no todo el conocimiento práctico puede documentarse porque parte de él es tácito, está en el cuerpo, en la mano, en la forma en que reaccionas ante lo que el material o la situación te devuelve. Cuando dejas de hacerlo, eso desaparece y no se reconstruye leyendo un manual ni entrenando un modelo. La arcilla te responde en tiempo real y esa retroalimentación inmediata entrena una conciencia; la misma que después te permite leer a un equipo, sentir cuándo algo no cuadra en un proyecto, detectar la tensión antes de que se haga visible en los datos.

En 1853, John Ruskin el escritor y crítico de arte señaló que la división del trabajo estaba provocando una selección recursos que pensaran y otros que trabajaran , y que al separarlos se hacia de ambos algo menos humano. Pensadores que no tocan nada y trabajadores que no reflexionan sobre nada. Me parece que la delegación de tantas tareas a la IA está reproduciendo esa separación: el profesional que solo dirige al agente se desconecta del oficio y el oficio pierde el contexto de quien lo hacía. Nos estamos convirtiendo en directores de orquesta que dejaron de tocar un instrumento y que con el tiempo puede que se pierda la sensibilidad para escuchar cuándo algo suena mal.

Cada tarea cognitiva que le delegamos a un programa o cada espacio de ocio que cedemos a la tentación del teléfono es una oportunidad menos de entrar en ese estado donde la conciencia se afina. Las redes sociales fragmentaron la atención; la IA la profundidad. Son dos fuerzas que operan sobre atacando el mismo recurso -la conciencia sostenida en la tarea- desde direcciones opuestas. Una la dispersa, la otra la delega. El resultado es que nos estamos vaciando en ambas direcciones al mismo tiempo, premiando la velocidad sobre la profundidad.

Por ello entiendo que los cursos de oficios, las prácticas de meditación, los talleres de tejido o cocina no son el escape a la rutina, la nostalgia por los momentos personales, sino el intento de preservar esa conexión de humanidad con las cosas que podemos construir, y de paso divertirnos aprendiendo: independencia, mejora continua, libertad imaginativa, dedicación. Esa nostalgia puede funcionar como brújula.

En el siglo XVIII los tejedores de seda de Spitalfields en Londres cultivaban jardines de tulipanes y dalias en los alrededores de las fábricas en las que trabajaban. Cuando las fábricas mecanizaron el oficio textil se perdieron los jardines. Un escritor de la época lo narró como la pérdida de una forma de vida, no solo de un empleo. Quizá tengamos el mismo efecto desde la combinación de redes sociales y la IA. No nos quitan jardines. Nos quitan las condiciones que hacen posible cultivarlos.

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