No sé bien cuando empezó a usarse el concepto, pero lo identifico muy cercano a cuando empezó a sonar con fuerza la idea de disrupción, de la 4ta revolución industrial y la convergencia de tecnologías que volverían exponencial la posibilidad del desarrollo y la creación de riqueza. Había que estar ahí, aprendiendo las posibles implicaciones de ciencias y sus ensambles, la idea era no quedarnos atrás y buscar tener una vigencia ante el futuro, hacernos future proof.
Y de ahí talleres, conferencias, bootcamps en los que se enseñaban como blindar funciones y profesiones ante un futuro de innovación. A la distancia entendí que era un ciclo, uno de tantos que se han dado en el pasado cada vez que una intersección entre tecnología y economía se presentan, se dio con la energía, con la distribución en masa, con la computación y mecanización. Ahora estamos en un ciclo que es más corto y que está al alcance de todos poder aprovecharlo, pero la premisa de aprender para reinterpretar que aportamos a la sociedad y como sostenerlo de forma que nos haga útiles y rentables, eso permanece y parte del mismo análisis: qué habilidades se vuelven obsoletas, cuáles sobreviven y cómo mantenerse relevante en el mercado laboral que viene.
Lo que tenemos ahora se siente distinto, la IA no se limita a tareas mecánicas o repetitivas ahora el cambio abarca lo que demostraban el carácter y la experiencia -análisis, síntesis, redacción, modelación, diagnóstico-. Nils Gilman, historiador del Berggruen Institute, lo describe como la transición hacia una economía del juicio, donde el valor profesional migra de lo que produces a cómo decides qué producir, con quién y bajo qué criterios.
Hay que ser honestos con uno mismo, mantenernos vigentes significaba actualizar tus herramientas cada ciertos años: aprender un nuevo software, dominar una metodología, obtener una certificación. Y eso lo podrías hacer de mutuo propio o al cambiar de rol, de empresa o industria. Los ciclos de empleo lo permitirían, las carreras eran largas y la posibilidad de crecimiento en una sola empresa era lo esperado. Desde hace una década esos ciclos se acortaron, primero porque las nuevas generaciones buscaban libertad de elección y búsqueda de pasiones por explotar. Y ahora por la irrupción del siguiente ciclo de convergencia entre tecnología y la economía que permite, el ciclo se aplana. El horizonte de vigencia es la siguiente actualización del modelo de AI. Cada versión redefine qué es automatizable porque lo que parecería propiedad exclusivamente humana puede no serlo en la siguiente iteración; y lo que se descarta como limitación de la IA puede resolverse por un curioso o una startupt de 10 genios.
Estoy consciente de que tendemos a sobreestimar lo que puede resultar de la tecnología en el coto plazo y por ello subestimamos como ocuparnos, no solo en explorarla o trabajar con ella. Si vamos a estar blindados profesionalmente ante el futuro que se asoma hay que reinterpretar que es lo que hacemos desde lo que no estamos imaginando que podemos solucionar con lo que sabemos y podemos aprender.
Probablemente no van a reemplazar tu puesto el lunes. Pero lo que sí va a suceder, de forma progresiva y acumulativa, es comprimir el espacio de lo que solo tú podías aportar. Y cuando ese espacio se comprime lo suficiente, la pregunta ya no es si tu puesto existe sino si lo que haces en él todavía justifica que seas tu quien lo ejecute.
Creo que la forma convencional de abordar esto -tomar cursos de IA, de ingeniería de prompts, certificarse en herramientas que cambian en meses- es insuficiente porque trata el síntoma sin tocar la causa. Lo que está en juego no son solo las herramientas que dominas sino los paradigmas desde los que se decide.
Los apegos profesionales, la falta de curiosidad intelectual, las formas de analizar que se volvieron automáticas por repetición, los criterios que se aplican sin cuestionarlos porque te funcionaron durante años, la identidad que construiste alrededor de un tipo específico de aportación que ahora la tecnología puede replicar parcialmente.
Jensen Huang, presidente de NVIDIA, dijo en enero que la futura definición de inteligencia incluye la capacidad de inferir lo no dicho, leer las esquinas y anticipar problemas antes de que aparezcan. Jack Clark, cofundador de Anthropic, advirtió que si no somos intencionales sobre dónde nos especializamos como personas, vamos a estar rodeados de sistemas que cuando nos pregunten qué hacer, no vamos a tener buena respuesta. Ambos están describiendo algo que no se enseña ni se certifica: criterio. Entrenado desde la práctica que produce intuición, la capacidad de saber que algo no cuadra antes de poder explicar por qué.
Lo que me ha funcionado es una especie de auditoría personal aplicando la lógica del SCAMPER -la técnica que se usa para desarrollar productos: sustituir, combinar, adaptar, modificar, poner en otro uso, eliminar, revertir- pero ahora aplicada a tu propio perfil profesional y a tus paradigmas sobre como decides. ¿Qué de lo que sé hacer puede ser sustituido y entonces para qué lo sigo protegiendo? ¿Qué conocimientos, que tengo en compartimentos separados, puedo combinar de formas que no he probado? ¿Qué paradigmas debería cuestionar porque corresponden a un contexto que ya cambió? ¿Qué de lo que considero mi ventaja profesional es realmente ventaja y qué es apego disfrazado de experiencia?
Es una práctica continua de cuestionarte qué hacer con tu inventario de recursos, la propia forma de pensar y decidir. No es un ejercicio de fin de semana, parte de cómo operar profesionalmente, con la misma disciplina con la que elegiste que estudiar o en dónde ejercer.
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