“Todos pueden ser agentes de cambio y tienen más capacidades y posibilidades de las que se dan cuenta”

Shoshana Grossman-Crist, líder de activación estratégica de la organización de la sociedad civil Yo quiero Yo puedo es integrante del Consejo Consultivo de iLab y habló para nuestro blog sobre la importancia de volverse un agente de cambio para lograr transformar el desafiante mundo en el que vivimos.

 

¿En qué mundo queremos vivir? Hoy más que nunca necesitamos tomar una decisión y trabajar para lograrlo. En este mundo en el que la pandemia ha puesto aún más en evidencia la profunda desigualdad en la que vivimos, volvernos un agente de cambio en nuestro entorno es esencial para poder empezar a trabajar en el cambio que necesita el país. Y poderlo hacer en conjunto va a marcar realmente una diferencia. 

Shoshana Grossman-Crist, líder de activación estratégica de la organización de la sociedad civil Yo quiero Yo puedo e integrante del Consejo Consultivo de iLab, asegura que si bien es necesaria la colaboración colectiva en momentos críticos –como un terremoto, por ejemplo– se trata de que cada uno de nosotros nos asumamos como un agente de cambio, capaz de transformar su entorno y el de los que lo rodean. 

 

“Todos pueden ser agentes de cambio porque tienen más posibilidades de lo que se dan cuenta. Comprométete con algún cambio y hazlo en grupo y con tus amigos, habla con ellos en una reunión de café. Ponlo en tu calendario una vez al mes para que siempre te estés acordando con el calendario de que tienes este compromiso”, asegura la consultora en fortalecimiento de ONGs, en entrevista con iLab. 

 

Ya sea contribuir con una causa social o realizar un cambio dentro de la empresa en la que se trabaja, cada uno necesitamos reconocer que en nuestras manos puede estar el cambio si nos ponemos a trabajar en ello. 

El concepto clave para lograrlo es cambiar el chip. Lo necesitamos. Necesitamos conocer el contexto en el que vivimos e involucrarnos en los problemas que estamos atravesando. Es urgente empezar a pensar en cómo podemos ayudar a resolverlos. 

Shoshana Grossman-Crist lleva más de 10 años de experiencia en comunicación, programación e investigación de campo centrada en el desarrollo social y económico. Desde hace varios años es líder de activación estratégica en la asociación civil Yo quiero Yo puedo. 

 

¿Qué piensas de este mundo tan fracturado en el que estamos viviendo?

 

Esta pandemia reveló lo que ya sabíamos que estaba ocurriendo: una realidad fracturada de inequidad muy profunda. Una realidad donde no hay un colchón, no hay una base para apoyar a la gente en caso de que se caiga el sistema, se caiga su empleo o el apoyo que tienen de familiares. 

Y esta situación también nos hizo ver lo que siempre sucede en México después de cualquier crisis, que hay unificación, apoyo mutuo. A lo mejor no duró tanto como quisiéramos o necesitábamos, pero vemos que está ahí, que esa semilla existe en México y es muy poderosa, y que si logramos aprovecharlo, hay mucho que se puede hacer. 

 

¿Cómo hacer que esta semilla germine en algo más? 

 

La sociedad civil tiene mucho potencial de ayudarnos a entender lo que está pasando y de brindarnos soluciones, pero en México no confiamos en la sociedad civil y en la mayoría de las organizaciones.

Entonces si no podemos girar hacia ellas para entender qué está pasando y ver modelos y soluciones probadas con mucho potencial de escalamiento, entonces, ¿hacia a dónde estamos girando? Tiene que ver con fortalecer esa confianza y esos vínculos entre sociedad civil y los individuos a la par de que los otros actores apoyen esta visión desde el gobierno y el sector privado. 

El sector privado sí ha tomado un giro en los últimos años y puso más capacidad, necesitamos que esa visión sea amplia en el sector empresarial y necesitamos que el gobierno esté de la mano con estos actores y estas acciones. 

 

El sector empresarial desde la responsabilidad social o desde el marketing genera una acción positiva pero también podría caerse en el exceso de que los ciudadanos solo piensen que son las grandes empresas las que pueden hacer cambios. 

 

Es cierto que las grandes empresas suelen tener grandes herramientas, lo hemos visto en estos tiempos de COVID-19, son los que estaban más adelantados en su transformación digital.

Y muchas de las micro, pequeñas y medianas empresas –y por cierto, también muchas organizaciones de la sociedad civil– en México aún no están usando canales digitales para hacer su venta o su distribución de productos y servicios, y tampoco tienen acceso a las herramientas para hacer esa transición, que no es una transición fácil, toma tiempo, toma recursos humanos y financieros y si no tienes a alguien experto en Tecnologías de la Información y experto en todas las nuevas tecnologías que te pueda hacer ese análisis de qué herramientas necesitas y pueda acompañar a tu equipo, literalmente vas a quedar perdido. 

 

Ustedes son una organización pequeña que refleja lo que viven los pequeños negocios y esta brecha digital que están viviendo…

 

En este sentido, es sumamente difícil encontrar un lugar centralizado para que alguien te oriente, ya sea a un costo accesible o probono, y hablo de experiencia personal.

Lo que sí he encontrado es que en estos tiempos hay un perfil muy diferente de gente que se está sumando a ayudar organizaciones.

Son parejas que no tienen hijos o individuos que no tienen a lo mejor recurso para invertir en la empresa porque tienen que cuidar su economía, pero lo que tienen es tiempo, entonces lo que estoy viendo es que hay mucha más posibilidad de encontrar apoyo probono muy capacitado en este momento, la cuestión es salir a buscarlo. 

 

¿Qué retos encuentras hacia el futuro y cómo las ONGs van a tener que cambiar para enfrentar estos retos?

 

En estos momentos, los emprendedores están enfrentándose a un mercado reducido, y algo parecido está sucediendo en la sociedad civil.

Hay personas que están dispuestas a donar pero a ciertas causas, a salud, despensa básica, pero no hay otra apertura para donar para otras cosas, como enfermedades no transmisibles, temas de prevención de diabetes, por ejemplo, que es algo que nos va a pegar muy fuerte, sobre todo ahora que la gente está más en casa y que de por sí en México ya tenemos un problema muy fuerte de diabetes. Este es un reto. 

 

Pero los retos traen también oportunidades, ¿no? 

 

También está la oportunidad de fortalecer el hacer un emprendimiento social. A la par de estos retos que estamos enfrentando, de nuevos retos de salud, bienestar, bienestar emocional y mental. Hay mucho más sensibilización acerca de las necesidades, porque todos estamos en una situación más riesgosa, así que ahora es el momento de hacer productos con causa. Estos podrían realmente explotar. 

 

Entonces, ¿cómo hacemos que las personas se relacionen con las causas? 

 

El storytelling no es fácil pero es muy poderoso, porque los seres humanos no nos movemos por el cerebro. Este nos sirve para analizar alguna situación después, pero las emociones son las que nos dirigen a tomar una decisión, ya sea desde el corazón o desde la panza. Y ya después vas a analizar si tomaste la decisión correcta. 

Hay que abrir la puerta para contar historias de impacto, de transformación, inspirar a la gente, todo el mundo quiere dejar una huella, trascender, entonces, ¿cómo le damos esa oportunidad a la gente? De eso se trata. 

 

¿Cómo les ayudó el storytelling en Yo quiero Yo puedo para que las personas se relacionen con las causas? 

 

Somos una asociación civil mexicana con 35 años de trabajo y siempre hemos financiado nuestros programas a través de donantes institucionales, por ejemplo, una fundación o empresa mexicana o internacional que nos apoye. 

Para ello, siempre hemos buscado poder darles un reporte muy formal sobre los resultados e indicadores que teníamos a estos donantes. Antes nosotros solo capturábamos testimonios muy puntuales, les pedíamos a las personas que nos contaran sobre su experiencia en el programa y qué les había dejado. Pero esto no permitía conocer quién era realmente esa persona y saber de dónde venía, no era posible ver cómo había impactado el programa su vida dos o 10 años después. 

Por ejemplo, las mujeres en Oaxaca, que después del taller de microemprendimiento y educación financiera con Yo quiero Yo puedo se organizaron para producir mermeladas de guayaba y esas mermeladas, gracias al programa, se vendieron en Walmart. Pero nosotros no estamos ahí en la comunidad 10 años después viendo cómo ha impactado el programa, no es necesario que estemos porque los programas son sostenibles, entonces esto siempre ha sido un gran desafío para nosotros.

Así que hace un par de años tomamos la decisión de que contar historias sí era muy importante para nosotros y necesitábamos darle mayor importancia, así que empezamos a identificar comunidades en las que habíamos estado y en las que todavía trabajábamos cerca, así que pudimos regresar con ellos, capturar sus historias y conocer cómo les había ido. 

En los tiempos justo antes de COVID-19,  más que nunca antes mandamos a campo a nuestro equipo de comunicaciones para acompañar a nuestro equipo operativo y pudieran grabar historias. Esto no se hace solo al final del proyecto, sino que es algo que tenemos que hacer desde el principio para conocer y capturar las perspectivas y los proyectos de vida de la gente antes de empezar el taller, después para conocer su participación en vivo y al final para conocer cómo les ha impactado.

Desde un principio nosotros tenemos ahora una planeación para tener un video de aquí a tres años. 

Lo hemos hecho mucho en concreto contra el matrimonio infantil en la montaña alta de Guerrero, pero en este caso por lo alejado que es la zona dependemos de nuestro equipo de facilitadores que ya está en campo. Nuestro equipo cada semana saca fotos y videos con sus celulares y los fines de semana cuando bajan a donde hay internet, nos lo mandan y graban una descripción. Así podemos estar contando historias en internet, en redes sociales, de manera continua y real. 

Ya vivimos en un mundo en el que la gente no está buscando la cosa más producida, quiere conocer la realidad y cómo evolucionan estas historias en tiempo real. 

 

¿Qué diferencia encuentras entre un emprendedor social y uno que no lo es? 

 

Lo que hace el emprendedor social parte de lo que hace un emprendedor normal, y sobre eso se agrega un componente más que es la propuesta de valor social. Incluso hay un Social Business Model Canvas en el que tu propuesta de valor es una propuesta de valor social y es mucho más complejo que decir le voy agregar una “cajita” a mi modelo, esta “cajita” permea a todas las demás. 

Pero la base de emprendimiento es la misma, solo que después le agregas la complejidad del emprendedor social. En el programa de “Yo quiero, yo puedo… ser un agente de cambio emprendedor” con jóvenes emprendedores encontramos que entraban varios jóvenes que ya tenían una empresa, no era una empresa social, era una empresa normal, una cafetería, por ejemplo. Gracias a que pudieron fortalecer sus habilidades pudieron empezarse a ver como agentes de cambio en sus vidas, familias y comunidades y la gran mayoría terminó volviendo su empresa en una social. 

 

¿Por qué tenemos que esperar que sea uno u otro tipo de empresa? 

 

Todas las empresas tienen que llegar a un punto en el que no solo se reporte un retorno financiero a los accionistas sino que también se reporte sobre el impacto en el medio ambiente y la sociedad que tiene esa organización. Hay que llegar ahí pero para hacerlo tenemos que tener un referente y creo que este término empresa social nos da una guía de a dónde queremos ir. Ojalá que en 30 años todos estemos ahí. 

 

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