Por qué los próximos 24 meses podrían definir la próxima década de tu empresa

Las organizaciones que empiezan antes a aprender y experimentar están acumulando ventajas que después serán cada vez más difíciles de alcanzar.

Mariana F. Maldonado

Periodista especializada en innovación.
May 27, 2026

 

Durante mucho tiempo, las empresas pudieron darse el lujo de adaptarse lentamente a su entorno, porque los cambios tecnológicos tardaban años en consolidarse, los mercados eran más estables y muchas ventajas competitivas podían sostenerse durante décadas sin necesidad de transformaciones profundas. Adaptarse era importante, pero rara vez urgente. 

Pero hoy la esperanza de vida promedio de una empresa del índice S&P cayó de 67 años en la década de 1920 a 15 años, y en promedio, una empresa de ese índice está siendo reemplazada cada dos semanas. Las empresas mueren cada vez más rápido y son reemplazadas fácilmente, y hablar de resiliencia ha dejado de ser suficiente, porque el entorno ya cambió, mientras más tiempo tarden en notarlo, el costo será más alto después. 

Para navegar este nuevo entorno, se necesita desarrollar capacidades, –principalmente, la capacidad de adaptación– y estas no se construye de manera inmediata ni aparecen a partir de una sola decisión estratégica, una capacitación o la implementación aislada de una herramienta, sino mediante ciclos continuos de diagnóstico, experimentación, ajuste e institucionalización que necesitan repetirse varias veces antes de convertirse en una ventaja organizacional real. 

Y precisamente ahí empieza a aparecer una diferencia que muchas empresas todavía subestiman, porque mientras algunas organizaciones apenas comienzan a discutir cómo adaptarse, otras ya acumularon años de aprendizaje, iteración y ajuste interno, haciendo que la distancia entre unas y otras deje de crecer de forma lineal y empiece a hacerlo de manera acumulativa, ya que cada ciclo de aprendizaje facilita el siguiente y amplía la capacidad de responder al cambio con menos fricción.

Lo que comienza a generar ventaja no es únicamente la capacidad de responder rápido, sino la capacidad acumulada de aprender antes, porque las organizaciones que empiezan a experimentar temprano desarrollan marcos de decisión, culturas de aprendizaje, mecanismos de adaptación y liderazgos más preparados para operar bajo incertidumbre. Lo que construyen no es solamente conocimiento técnico, sino memoria organizacional, y esa memoria se acumula.

 

La acumulación de aprendizaje empieza a generar distancia

 

El economista W. Brian Arthur estudió cómo, en ciertos sistemas, las ventajas iniciales tienden a fortalecerse con el tiempo. Es decir, que quienes comienzan antes no solo avanzan primero, sino que van acumulando condiciones que hacen más difícil alcanzarlos después. A esto lo llamó dependencia de trayectoria (path dependence): una dinámica en la que las decisiones tempranas condicionan las posibilidades futuras, porque conforme más personas adoptan una solución, esta comienza a beneficiarse del propio sistema, se vuelve más útil, más accesible y más difícil de reemplazar.

Arthur y otros economistas utilizan el diseño de los teclados para ilustrar este concepto. El arreglo de letras QWERTY fue creado en el siglo XIX para las máquinas de escribir mecánicas, separando las teclas más usadas para evitar que se atascaran al teclear rápido.

Aunque después se inventaron distribuciones de teclado mucho más eficientes y rápidas (como el teclado Dvorak), QWERTY ya se había estandarizado. Todos habíamos aprendido a usarlo, los fabricantes lo produjeron en masa y las empresas lo adoptaron. Cambiar el estándar mundial habría sido demasiado costoso y complejo, por lo que nos «bloqueamos» en un diseño ineficiente originado por las limitaciones tecnológicas del pasado.

Es algo que ya ocurre en muchas industrias. Estudios apuntan que las organizaciones que comenzaron antes sus procesos de digitalización hoy no solo tienen más tecnología; tienen mejores datos, más capacidad analítica, culturas más acostumbradas al cambio y estructuras menos dependientes de procesos rígidos. Lo mismo empieza a suceder con la inteligencia artificial, la automatización o la construcción de modelos organizacionales más adaptativos. 

Con toda esta evidencia, es posible decir que la adaptación organizacional se parece más al interés compuesto que a un proyecto de implementación, porque cada ciclo construye sobre el anterior, y hace que cada aprendizaje reduzca la fricción del siguiente.

 

La importancia de la adaptación organizacional

 

El problema es que ese proceso de acumulación también funciona al revés. Las empresas que no desarrollaron esos ciclos no se quedan simplemente en el mismo lugar: se van volviendo más rígidas conforme el entorno avanza, porque fueron optimizadas durante años para entornos predecibles. Procesos, jerarquías, sistemas de aprobación que durante mucho tiempo fueron señales de eficiencia se convierten en obstáculos cuando el contexto exige velocidad de aprendizaje, y una organización que no puede aprender rápido pierde algo concreto, pierde opciones.

Y esto es muy importante en contextos inciertos como los de hoy. El economista Nassim Taleb plantea que la opcionalidad es la capacidad de mantener abiertas múltiples posibilidades en contextos inciertos, y esta es importante porque permite responder con mayor flexibilidad cuando el entorno cambia, en lugar de depender de un solo camino, una sola apuesta o una sola forma de operar. Y para que las empresas puedan mantener esas opciones abiertas, necesitan desarrollar la capacidad de adaptarse y operar en entornos inciertos. Esto no elimina la incertidumbre ni evita el error, pero permite experimentar sin paralizar la operación, cambiar sin colapsar estructuras completas, algunas de las capacidades que una organización necesita para seguir siendo relevante cuando el entorno cambia.

En algunas organizaciones, hay una brecha entre querer cambiar y tener las capacidades para hacerlo, y esta no es exclusiva de las grandes corporaciones, sino que las empresas familiares la ilustran con claridad. Alrededor del 70% no logra sobrevivir la transición hacia la segunda generación, debido principalmente a que no tenían la preparación para recibir la responsbilidad de manejar la riqueza de la familia. Y el problema rara vez es falta de intención. Un estudio denominado “Radiografía de la empresa familiar en México” encontró que una mayoría de empresas familiares tiene la intención de mantener el negocio dentro de la familia, pero solo el 23% cuenta con un plan formal de sucesión. 

La distancia entre intención y preparación es donde muchas organizaciones empiezan a fracturarse, porque querer adaptarse no significa haber construido las capacidades para hacerlo, y esto a la larga va a convertirse en crucial porque va a decidir en gran parte qué organizaciones prosperan y cuales se siguen quedando atrás. Y es que la ventaja competitiva de la próxima década no estará únicamente en tener más tecnología o más recursos, sino que residirá en haber desarrollado antes la capacidad de aprender, reconfigurarse y adaptarse de manera continua, y esas capacidades no aparecen cuando llega la crisis, sino que se construyen antes.

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