Brainstorming

Tenemos más capacidad que nunca para procesar información y, aun así, cada vez dedicamos menos tiempo a imaginar. La IA puede acelerar lo conocido, pero expandir el perímetro de lo posible requiere algo que ningún modelo puede hacer por nosotros: leer, reflexionar, conectar ideas y aprender a mirar desde otros lugares.

Víctor Moctezuma

Jul 27, 2026

Siglos atrás, comunicarse significaba mover algo físico más rápido. Señales de humo, tambores, jinetes a caballo con mensajeros. En 1860 se lanzó el Pony Express como el sistema de comunicación más rápido entre las costas de Estados Unidos: 80 jinetes, 500 caballos, más de 100 estaciones de relevo cruzando 3,200 kilómetros de territorio. Redujo el tiempo de entrega de semanas a 10 días, toda una proeza en su momento y resultado de años de planeación en mejores rutas, relevos más eficientes y criar caballos más resistentes. Dieciocho meses después, el telégrafo cambio el escenario eliminando la necesidad de que algo se moviera para que la información viajara.

Creo que estamos viviendo algo parecido, pues teniendo a la mano tantas herramientas estamos ocupados en acelerar los procesos y la transacción y poca atención préstamos a reinterpretar porque hacer algo o que tipo viejos problemas siguen siendo la causa raíz; procesar no es imaginar. Procesar es operar dentro del perímetro de lo conocido. Imaginar es expandirlo, de habitar futuros posibles con suficiente profundidad como para ver qué decisiones de hoy los hacen o los impiden.

No me refiero a la imaginación decorativa de los ejercicios de brainstormings, donde se pegan post-its en una pared y se habla de pensar fuera de la caja durante dos horas para después volver a la misma caja desde las rutinas. Me refiero a abstraerte del presente, de soltar la seguridad, de recorrer escenarios que no son extensiones de lo que ya existe sino rupturas deliberadas para resolver lo que los silos y la ceguera desde las certezas, no permite. El dilema del Pony Express no necesitaba mejores datos sobre caballos. Necesitaban la capacidad de imaginar un mundo donde la información viajara sin que nada se moviera.

Esa capacidad se alimenta desde las humanidades. La lectura reflexiva, no la lectura de reportes y resúmenes sino la que te obliga a habitar la perspectiva de alguien que piensa distinto, que vive en otro contexto, que enfrenta dilemas que sirven de espejo. La escritura como ejercicio de estructurar conceptos y recuperar experiencias, no de producir contenido. La filosofía, la historia y las artes como entrenamiento para ver conexiones que no se revelan porque los datos describen lo que es, no lo que podría ser.

Vemos contenido en lugar de leer con profundidad. Recibimos resúmenes en lugar de habitar los argumentos completos con sus contradicciones y matices. Pedimos al agente que nos sintetice un libro en cinco puntos clave en lugar de recorrer las 300 páginas donde el autor desarrolla un pensamiento que no cabe en cinco puntos. Y cada vez que hacemos eso, la concentración se contrae un poco más.

La imaginación no es innata ni disminuye con la edad. Crece con educación y reflexión. Pero si solo consumes lo que confirma tu posición actual -los mismos reportes, las mismas métricas, los mismos marcos de referencia, las mismas fuentes que todos en tu industria leen- tu imaginación se contrae al perímetro de lo que ya conoces. Se necesita leer lo que no tiene que ver contigo para poder ver lo que no se ve desde donde estás. Se necesita escribir para descubrir lo que piensas, no para comunicar lo que ya decidiste. Se necesita soltar el músculo de la imaginación con la misma disciplina con la que se entrena cualquier otra capacidad que se considere valiosa.

Las organizaciones que van a imaginar futuros que no sean extensiones cosméticas del presente son las que alimenten esa capacidad en su gente. No con talleres, menos con charlas de inspiración. Con espacio para leer, para reflexionar, para escribir, para discutir ideas que no tienen aplicación inmediata pero que expanden el perímetro desde el cual se toman las decisiones que sí la tienen. Habrá que preguntarse cuántos de los problemas que hoy nos obsesionan van a desaparecer de formas que no estamos imaginando porque no estamos alimentando la capacidad de hacerlo.

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