Creo que al día recibimos una buena cantidad de newlstters, de artículos y de updates sobre personas a las que seguimos, eso sin contar lo que debemos de analizar y absorber como parte del trabajo diario. Veníamos saturándonos de contenido, pero hoy en día, discernir de entre la oferta que tiene sustancia y lo que termina en redundancia.
Si la atención misma ya es escasa y pobre en cuanto a la profundidad, nos estamos haciendo pocos favores si solo saltamos de idea en idea sin imaginar conexiones, crear analogías y forzarnos a establecer algún concepto de entre tanto que estamos viendo. Lo que pasa con las pantallas es similar a lo que se sucede en las organizaciones en las que colaboramos. El apetito por incorporar los temas de moda -en esta versión es IA- está saturando actividades, descubriendo problemas que no eran problemas y que se demuestran como fuente de una nueva riqueza por explotar.
En un mercado con más de 90,000 startups de inteligencia artificial, ya no se logra distinguir la diferencia entre producto real de la promesa que está muy bien narrada. Se confunde atención con tracción, la empresas toman reuniones para demostrar internamente que están evaluando opciones para subirse al tema -no porque tengan intención de hacer realmente el cambio por diseño de su estrategia-, y todo resulta en una curiosidad que pocas veces se convierte en tracción.
Este un fenómeno que se está amplificando en todos los ámbitos profesionales. Ahora cualquiera con acceso a un modelo de lenguaje y un poco de jerga técnica puede producir una presentación impecable, un análisis que se muestra profundo en conceptos y gráficos, emergen expertos en Claude o GPT, en cómo resolver con AI. Todo esto, porque muestran un perfil profesional que proyecta dominio porque puede articular lo que ya está comunicando.
Nos debemos un equilibrio entre forma y sustancia, entre diseño y funciones. Porque por el momento parecer que se sabe pesa más que Ser lo que se sabe.
Estamos en una etapa donde la capacidad de juzgar qué es real de lo aparente se vuelve una más de esas habilidades críticas. No me refiero únicamente a contenidos -textos, imágenes, datos manipulados-. Me refiero a poder dar voz y espacio a propuestas auténticas que vienen de personas que saben lo que saben porque lo pueden demostrar y poder distinguirlas de quienes aprendieron a sonar convincentes porque la herramienta les da la estructura y el lenguaje, pero no la experiencia detrás.
Es relativamente fácil engatusar a los menos experimentados cuando tu presentación tiene la profundidad aparente que antes solo producía quien de verdad conocía el tema. Un directivo que evalúa proveedores puede quedar impresionado por un diagnóstico que suena brillante pero que no tiene detrás a alguien que haya operado lo que propone; un ejecutivo puede aprobar una estrategia articulada con precisión que no resiste el contacto con la cruda realidad porque quien la formuló nunca ejecutó algo similar. Gato por liebre a escala, habilitado por herramientas que producen forma sin exigir sustancia.
Creo que ese criterio se está extrapolando de la persona a la organización y de la organización a la sociedad.
- En la persona, porque las credenciales formales pierden peso en ciclos de carrera que no permiten demostrar ejecución y dominio.
- En la organización, porque la aplicación de tecnologías permite a cualquier competidor verificar, comparar y cuestionar con una profundidad que antes requería semanas de análisis. La congruencia entre lo que dices que haces y lo que entregas se vuelve verificable a una escala y velocidad que no existían.
- En la sociedad, porque cuando todo puede parecer auténtico -un texto, una imagen, una credencial, una propuesta, un perfil profesional- la capacidad de distinguir lo sustancial de lo aparente se convierte en un tema de cultura y de criterio compartido, de que como sociedad sepamos valorar la argumentación, lo probado sobre lo prometido.
Faltan contraste y tensión, no entusiasmo pasajero para no irnos con la finta cuando la envoltura se ve cada vez más sofisticada.





